jueves, 10 de septiembre de 2009

Este texto no tiene nombre...

A pesar de no verte a diario adivino tu rutina.
Primero luego de una larga noche de juerga te tiendes en tu cama semi vacía que a veces te parece irreconocible, con ese cobertor blanco, con ese cojín burdeo que tu mamá compro en aquella tienda nueva del centro. Después de eso sonríes, sonríes placenteramente largos minutos, imaginas, recuerdas lo bien que lo pasaste con tus amigas, con tus amigos o con tus amantes, y lógico por ningún motivo te acuerdas tu de mi. El sueño te viene cuando también sientes deseos de vomitar, lo haces, te cepillas los dientes y te quitas el vestido que a menudo acostumbras llevar desde que imaginaste que te traía buena suerte. Quedas desnuda para regalarle placer a tu soledad. Sabes que en casa no hay nadie, no es tu estilo cerrar las puertas, las ventanas, las piernas. Te permites una sonrisa más, irradiando satisfacción tardía, esa que no eres capaz de expresar delante de nadie. Abres la cama, miras las sabanas, siempre iguales, nunca diferentes, sabanas con flores, con animales, círculos de colores. Esa sabana infantil que logras hacer encantadora. Te quitas los tacones y te sientas sobre la cama. Miras tus pies, los contemplas unos minutos, varios minutos, producto de una que otra droga que haz consumido en la noche que no te deja pensar libre. Estas contenta, princesa. Desatas tu cabello, retiras de tu cuello aquella cadena de plata que te regale en marzo, y que llevas puesta cada día. Te metes dentro de la cama, entre las sabanas de dibujos, besas la almohada, tapas tu espalda, tu cuerpo desnudo cansado de tanto baile, de tanto ajetreo, de tanto subir a coches, de tanto sexo. Cierras los ojos, intentas distraer el malestar físico, el dolor de cabeza, las ganas de volver a vomitar. Caes en el trance del sueño, duermes, sueñas con flores. Sueñas que estas soñando un sueño con flores. Al medio día, horas más tarde, el sol cae por la ventana izquierda. Olvidaste una vez más cerrar las cortinas, te levantas molesta por despertar de aquella forma, te acercas a la ventana y notas como el vecino de enfrente mira, como desnuda intentas cubrirte con la cortina. Hasta le gritas un par de palabras. Te acuestas otra vez, miras tu velador, mi foto ya no esta sobre el. Miras el cenicero, lleno, repleto de ceniza, de colillas de cigarro. Tu no fumas, tu no fumas en la mañana. Piensas en tu padre, en tu padre que no sabes donde está, que fumaba mucho y por la mañana decía no fumar más. Recoges la cartera que cuelga de la puerta que también olvidaste apropósito cerrar, buscas tu billetera, examinas que no te falte nada, tomas aquel espejo que guardas en el bolsillo de atrás, observas tus ojos, rojos. Comprendes entonces que mientras soñabas, que mientras soñabas ese sueño, ese sueño de flores, de tus ojos caían lágrimas de inmundicia. Te deprimes, sacas el celular, marcas el número del trabajo de tu mamá, le preguntas si vendrá esta noche. Cuelgas, lloras, sabes que no vendrá, que no te quiere ver más. Rayas la pared, fumas al compás de nuestra canción, te ríes en voz alta, gritas, saltas. Bajas. Enciendes un incienso en el baño, esperas que se llene la bañera y luego te sumerges. Te relajas, analizas una y otra vez la situación: encontrarte sola, podrida y sola. No le haces caso al teléfono que esta sonando cada dos minutos desde que terminaste de decirle a tu mamá que la amas a pesar de que te odie. Llenas de jabón tus faltas de afecto, tus faltas de educación. Tus enfermizas ganas de volver al colegio. Tus enfermizas ganas de que alguna de tus amigas tuviera el libertinaje que tienes a tus pies. Empapas la toalla azul con tus penas, con tu cuerpo. Luces muy bien así, con el cabello suelto y mojado, con tu dreadlock goteando. Te miras al espejo y admiras tu cuerpo marchito, intentas acordarte de cómo te hiciste esos moretones debajo de tus pechos. Yo se como te los hiciste, fue cuando bailaste ebria sobre la barra, y te caíste golpeando tus costillas con uno de esos pisos en los que no te sentabas. Cuando en ambulancia saliste del bar. Intoxicada de tanta mierda que fuiste capaz de meterte dentro. Delicadamente te untas con las cremas que encontraste en el cajón, primero el brazo derecho, luego el izquierdo, tu tatuaje detrás de la oreja, en fin, cuerpo completo. Caminas nuevamente a tu cuarto, el aire está pesado, abres la ventana y el grito es ahora de parte de la esposa del vecino. Miras el cuadro que te pinté en navidad y recoges las prendas que te quitaste anoche. Las pones sobre la mesa y en silencio piensas cómo fuiste capaz de vestir así. De la cómoda extraes la vestimenta colorida del día. Escoges una mini falda que no deja nada a la imaginación, una de aquellas poleras escotadas que a tu hermana no le gusta, sin ropa interior, por supuesto. Vacías la cartera, cuentas los billetes, sacas la mitad, y los introduces uno a uno en la alcancía de Bob esponja que tu tía le trajo a tu hermano de España. Cojes la cadena y te la cuelgas. Debajo de la cama te encuentras con los tacones negros que te hacían ver más que alta, inalcanzable. Con las llaves en mano sales de la casa fumando nuevamente. Te subes al auto, enciendes el motor y con el espejo retrovisor delineas tus ojos. Llegarás tarde, lo sabes pero nunca te importa.
No llegarás tarde, no lo sabes, pero no importa. Manejas a gran velocidad por la carretera. Haces carreras con automovilistas y saludas a los camioneros. Cantas con tu mejor voz una canción que no te sabes de Ramones, con ese spanglish que deleita a cualquiera. Cambias la canción : Kozmic Blues de Janis Joplin te cambia el día. Ahora conduces moderadamente, viras a la izquierda. Doblas, pasas un semáforo en rojo. Continúas tu travesía con ganas de llegar cada vez más pronto. Tocas la bocina al primero que te haga esperar más de medio minuto. Cantas, gritas y vuelves a cantar. Estacionas el auto sin fijarte siquiera. Bajas de el, y con una suerte increíble te topas con algún conocido que se acerca a saludarte y a saber como estas. Porque anoche estuviste magnifica te informas. Recorres el camino de todos los días. Compras las flores de todos los días, preguntas por las de tus sueños y aun no llegan al país, aun no existen, pero aun preguntas. Te diriges a la tumba de tu hija, te derrumbas otra vez. Te quedas en la misma posición con la que aterrizaste casi sobre la lapida. Es el dolor que aun no logras sanar. Le cantas tu última canción. Le prometes por octava vez que lo vas a dejar todo, que lo vas a cambiar todo. Miras la fotografía que guardas en la cartera. Su foto juntas, musas del poema más bonito. Preguntas como fue posible que te ocurriera eso. Le dices que la amas y que volverás mañana. Llega uno de los guardias del cementerio para decirte que ya van a cerrar. Le dices lo de todos los días, el responde lo de todos los días. Sales tambaleando del lugar. Te subes al auto y no te detienes hasta llegar al bar, saludas al barman de beso en la cara. Le pides el trago de cada tarde: Un tequila -por cada duda-, enciendes el cigarrillo, bebes de un sorbo, pagas la cuenta y te subes otra vez al Peugeot. Llamas por teléfono a Mónica, la recoges del colegio, le regalas un cigarro y le pides que te cuente que es lo ultimo que supo de mí. Te haces la indiferente y la llevas a su casa. Saludas a los tíos, juegas con el gato, te rasguña la mano. Ries de buena gana con las cosas que dispara tu amiga. Miras el reloj que detestas y sabes que es la hora de verme. Te despides, besas inclusive al gato. Y te vienes. Conversamos nuestra hora cronometrada, no nos salimos del tema principal, no hablamos de nosotros. Solo de ti. Luego, te retiras de la consulta pidiéndole porfavor a mi secretaria que cambie la hora del viernes, porque planeas viajar a Santiago.
Vuelves a poner ese aparato sobre tu oído. Hablas con tu jefe que por una razón no muy desconocida te pide que llegues antes al trabajo.
Sacas el vestido rojo de la maletera, te acercas haciéndote la inocente y aceptas las peticiones de tu jefe. Te manda, te domina y no te lo crees.
Paga con droga, paga con dinero. El escenario es para ti. Las luces te hacen ver exclusivamente más hermosa que cualquier otra fémina del bar.
Cantas ese tema que envuelve y hace sentir especial inclusive al ser más frío de la tierra. Cumples tu trabajo y te marchas. Con el mismo vestido, la misma cartera y con un nuevo desconocido te diriges a algún cuarto de hotel, o alguna discoteque. No te cansas de amar, de bailar, hasta más o menos las cuatro de la madrugada. Donde te invaden esas malditas ganas de tomar café. Es el fin de la cita, es el término de aquel cuento en donde por supuesto eras la reina. Pides que te lleve a recoger tu auto. Conduces hasta tu casa. Abres la puerta en silencio, para no despertar a nadie. Entonces recuerdas que estás sola. Te diriges a tu habitación, y todo comienza y termina otra vez.
A pesar de saberte tan compartida, tan destruida e indiferente, no me canso de escucharte...

1 comentario:

Sin peligros ni excesos de realidades
aca me encuentro, sin compañias 'ideales' enbichandome las ideas diariamente para dejar que mi luz salga, que mi esencia vuelva a su brillo silencioso y ruidoso a la vez..
complementando mis microcosmos y minusculos mundos desterrados de galaxias modernas.
Reencontrandome en rutas inventadas y sueños comunes. comunes? quizá anormales (...)

Estoy tranquila.

sigo esperando las charlas inconclusas de los desbordadores de locura.

No prendió su cigarro ella.

No prendió su cigarro ella.
Ella pensaba en el.

Tenía más motivos para sonreir.

Tenía más motivos para sonreir.
Ragalaba esa sonrisa al mundo.

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